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Pescando en Mallorca
Mi primera pieza
por , el 26 de marzo de 2007
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Haciendo un gran esfuerzo, voy a exprimir mí memoria para contar como pesqué mi primera gran pieza. Ponte cómodo, la historia es larga.

Antes de nada diré que ahora mismo tengo 23 años, esto sucedió hace más de diez años, entonces era más niño de lo que soy ahora. Por aquellos años no eramos tan productivos pescando como ahora, estábamos empezando, nuestra técnica dejaba mucho que desear y preferíamos la comodidad de un espigón que se adentraba en la bahía de Pollença en lugar de buscar rincones más exóticos.

Dicho espigón tiene dos partes diferenciadas, una primera parte de hormigón de unos 30 metros de largo y a continuación otra de piedras colocadas, aproximadamente de la misma longitud. Al lado izquierdo del espigón comienza la playa, y al derecho rocas con poseidonea.

Solíamos colocar las cañas en la punta del espigón, lanzando lo más lejos posible gusano americano a un anzuelo, ansiosos por sacar la anhelada primera dorada, que se nos resistía. Ese día no podía ser menos, colocamos unas 4 o 5 cañas a derecha e izquierda y a esperar. Llegaron otros pescadores y lanzaron dos cañas cerca de las nuestras, no recuerdo con que cebo.

En la parte derecha, en la de rocas, se veían bancos de grandes lisas que acudían al pan. Llevábamos un par de semanas pensando en algún sistema para sacarlas y inventamos un aparejo a partir de una vaga corredera de hilo, con anzuelos triples dentro de ella, de tal manera que poníamos un buen trozo de pan duro dentro de la vaga y distribuíamos los anzuelos por todo el pan, esto acompañado de un buldó [1] , una caña y un carrete de surfcasting se completaba el sistema.

Ese día con las cañas en la punta lanzadas no había mucho que hacer, Hector y yo lanzábamos desde la parte de hormigón a la derecha, no muy lejos, viendo como comían las lisas hasta que alguna se enganchaba. Era un día tranquilo, seguramente de principios de verano, recuerdo que ese día hasta cargamos con dos sillas plegables para estar más cómodos.

Ya llevábamos un par de horas, cuando Hector se fué a la punta, a no se porqué. Si algún lector recuerda mi anterior historia él también me dejó solo justo antes de que empezara la acción, y así sucedió.

Estaba bien sentado en la silla con la caña en la mano, seguramente bostezando, cuando ví que las lisas pequeñas que comían del pan desaparecieron misteriosamente, no le dí importancia, pensé que se habían cansado de comer. Me quedé mirando fijamente el pan a ver sí podía ver alguna lisa que volviese, paciente. Y llegó la tormenta, saltaron a la vez una docena de lisas cerca del pan y un gran revuelo de salpicaduras de agua, la adrenalina fluyó a borbotones ante tal estampa y más todavía cuando no logré divisar el pan. Me levanté de la silla y tensé el hilo. Bien, pensé, será una lisa enorme. Me sacó un poco de carrete, pero como la caña era larga y flexible jugué bien con ella. El temblor de piernas vino en el instante que al acercar el pez al espigón este se tumbó y me mostró todo el lomo, ¡no era una lisa, era una lubina!, y bien grande.

Me puse nervioso, busqué a Hector, incluso tal vez le pegué un grito, pero estaba lejos y no me oyó. Me concentré al máximo en como sacar aquel bicho del agua. Ya casi no peleaba y parecía muy cansado, no tenía gambanero y si lo levantaba a pulso hasta el cemento corría el riesgo de desengancharlo. Justo al lado de donde estaba había un embarcadero, con una buena pendiente, así que blanco y en botella, en dos saltos estaba situado y arrastrando a la lubina que subía el embarcadero casi sin moverse.

Cuando la subí al cemento, no me lo creía. Al instante llegó Hector, más incrédulo todavía, y con los nervios no podía ni explicarle como había pasado todo. Él se quedó guardando el bicho y yo me fui pegando saltos hasta la punta, dando gritos, de lubina, lubina. Y los dos la punta (Andrés e Hilario), gambanero en mano, corriendo para abajo. Que caras al ver que ya la tenía fuera!. Ese día, gracias a la fortuna, les sobé el morro a todos.

La mayoría de pescadores siempre sacan su primera pieza en compañía de alguien, casi siempre más experimentado, pero lo que me pasó a mí, es algo que se tiene que repetir escasas veces y mucho menos a aquella edad. La afición que crea un momento de estos, es como meter un gol en la final de la champions. Después, con el tiempo, te vas acostumbrando y no es tan intenso.

Esta historia es un pequeño regalo, aunque con retraso, para el día del padre. 😀

[1]Esto son buldós

buldo_1.jpg

Photo26_25.jpg

Esta es la cara que se me quedó después de aquello, olvidadla.

(Yo soy el de arriba)

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