Proeza a bordo del Escakeo
Hoy, el amigo Jose Villalobos nos cuenta una gran proeza que nos llena de orgullo. A continuación, su historia, realmente bien relatada.
El pasado día 26 de Julio, día de Santa Ana para más señas, salí a pescar al amanecer desde Cala Gamba. Me acompañaba en esta ocasión un amigo de la infancia y vecino, Juan Parra y a bordo del Escakeo nos dirigimos hacia el centro de la bahía. Soplaba el típico Gregal de madrugada pero el día apuntaba bien. En el mundo de la pesca, no hay dos días iguales ni parecidos pero por ninguna de nuestras cabezas podía rondar ni por asomo, lo que el destino nos iba a brindar. Como considero que fue un suceso difícilmente repetible en las condiciones dadas y cansado de tener que contarlo una y otra vez, he decidido plasmarlo en estas líneas que me servirá para volverlo a vivir cada vez que tenga ocasión de leerlo.
Aquella mañana, la pesca se nos estaba dando bien, íbamos sacando algunas variadas de ración, otros tantos pageles, un “gató” que puso la nota de color, dos arañas de “cap negre” y como no, incontables y fieles bogas. Yo le comenté a Juan, que las bogas pese a ser un tanto insistentes y limpia anzuelos en ocasiones, pueden ser objeto del ataque de algún depredador. Fue relevante el hecho de que ya una de ellas fue atacada por el camino cuando ya la izaba presentando dos dentelladas en su parte trasera. Es por ello que no me importaba tenerlas rondando. Pero, pese a ir sacando pescado a un ritmo aceptable, lo bueno estaba aún por llegar, y fue a las 10 horas, minuto arriba minuto abajo, cuando sentí una picada brutal a 45 de metros de fondo que mi ligero equipo a duras penas podía resistir.
El por el momento desconocido animal, emprendió una carrera interminable poniendo a prueba mi carretito que veía como el hilo trenzado del 17 se iba detrás del pez por momentos y sin remisión. Supuse que habría atacado a alguna boga a su vez atrapada en un anzuelo. Lo primero que se le pasa a uno por la cabeza es contar los minutos o segundos más bien, que tardará el apresado pez en romper o cortar el fino nylon con el que acostumbro a montar mis bajos para el tipo de pesca que realizábamos. Al ver que iban pasando los minutos y mi arqueadísima caña no perdía la tensión me fui animando y convenciendo de alguna manera, que por qué no iba a ser posible, y por qué no iba a ir clavado “de morro” sin rozar en demasía el nylon dándome así alguna posibilidad de salir victorioso. Aún así, no sólo tenía que resistir el nylon de la brazola, sino también, el anzuelito, las perlitas, los nudos, el torniquete, el trenzado, la puntera de grosor milimétrico, en pocas palabras todos los elementos que conformaban mi liviano equipo y que me parecían demasiados en esos momentos. Con todo, seguía avanzando el tiempo y con él, nuestra esperanza de éxito aún a sabiendas de la dificultad y contando en todo momento con la posibilidad de que se fuera todo al traste en cualquier segundo al mínimo fallo.
Cuando llevábamos más de 45 de minutos de combate, se dice rápido, pasa lento, y en vista de que la situación no avanzaba, tampoco retrocedía, decidí llamar por teléfono a dos amigos con los que pude compartir una parte de mi elevadísima adrenalina. Con la caña en la mano y sin perder de vista los movimientos del pez hablaba por el altavoz y nos pusimos a hacer cábalas de qué pez podía tratarse. Primero contacté con mi amigo José Castillo (Peli para los amigos) y posteriormente con Joaquín Rosselló. A ambos les acerqué la sinfonía del carrete soltando hilo, y así pudieron testificar de alguna manera lo que Juan y yo estábamos viviendo. El poder compartir con otros pescadores la hazaña, me liberaba y sin darme apenas cuenta, el reloj ya marcaba las 11 horas. Había pasado la primera hora. El calor era de órdago a la grande, el sol brillaba con fuerza y mi amigo Juan no dejaba de estar atento a las indicaciones que le daba y de servirme bebida cuando más acalorado me veía. Si el equipo con el que me enfrentaba al animal ya de por sí era ínfimamente desproporcionado respecto al animal, contaba con otro hándicap que era el hecho de estar fondeados lo que limitaba la maniobrabilidad. El pez me mandaba a mí y no yo a él como me hubiera gustado. No sé con exactitud cuantas vueltas pude dar alrededor del barco con la caña fuertemente agarrada tras él, pero más de tres con seguridad. Cuando huía hacia la popa me tranquilizaba algo porque soltando unos metros de amarra, me podía acercar y recuperarle algo de hilo al carrete. Por el contrario cuando el pez se dirigía hacia la proa el riesgo de enganche era alto e insistí a Juan que hiciera un último esfuerzo él también para elevar el ancla. Efectivamente al segundo intento y tras uno anteriormente fallido, mi compañero de batalla, pudo izar el pesado fondeo (pesa más de tres quintales) con más pena que gloria y eso me daba más margen de maniobra y me confirió una tranquilidad relativa. La lucha era muy desigual, por cada vuelta de carrete que yo podía dar, mi rival me sacaba quince o veinte pero lo asumía y no perdía para nada la paciencia.
El tiempo avanzaba inexorablemente, y cumplida hora y media de combate me vino a la cabeza la entrañable novela de Hemingway, “El viejo y el mar” pero en este caso el protagonista de la novela y quién estaba siendo arrastrado por un gran pez era yo. Después de tanto tiempo de tensión, casi me conformaba con saber de qué pez se trataba pero cuando estás cerca de la meta no puedes desfallecer.
Iban a cumplirse las dos horas de lucha cuando mi rival ya parecía menos combativo y fruto de su cansancio se empezaba a rendir. Ya me dejaba cobrar hilo con más facilidad y ya lo sentía subir vencido. Miré de reojo el reloj y marcaba las doce en punto. Pensé que fuera el pez que fuera ya había batallado demasiado tiempo y que si era real tenía que estar cansado tanto o más que nosotros dos. Lo pude ver brillar en la proa por la banda de estribor y me fui rápido hacia allí llevándose mi compañero el gancho infalible de los atunes. Le cedí la caña a Juan con el freno bien abierto a expensas de un último arreón pero aún no lo alcanzaba con el metal pese a ello lo probé sin éxito.
Cuando lo acercamos un poco más me dispongo a ganchearlo y veo que el hilo de la caña va por un lado y el abatido pez flotaba hacia otro, alejándose del barco. No pasaron décimas de segundo para sin pensarlo lanzarme vestido y sin soltar el gancho volar hacia el mar en pos de tan preciado trofeo. Era demasiado esfuerzo el que se esfumaba. En cuanto pude tocarlo fui a agarrarme a su gruesa cola y me dije textualmente: Amigo si te vas, me llevas contigo pero no te suelto por nada del mundo. Lo conduje hacia el barco del que nos habíamos alejado vencedor y vencido, y donde Juan todavía perplejo, me esperaba con el más grande de mis salabres y entre los dos, yo desde el agua y él desde cubierta, lo levantamos hasta embarcarlo y ponerlo a buen recaudo. Que alegría, que imagen, empapado de arriba abajo, gorra, gafas de sol, camiseta, bermudas, zapatos, llaves, móvil, qué importaba eso. Era ese instante para lo que nos gusta el mar y vivimos la pesca con intensidad, lo más próximo a tocar el cielo.
Por fin ya sabía quién me había tenido algo más de dos horas en vilo, en tensión, ya lo podía tocar y fotografiarme con él, mi enemigo pero al mismo tiempo mi amigo, un precioso palometón ( Lichia ama) que en la báscula dio el peso de 11 kilos y doscientos gramos. Mi círculo de amigos pescadores más cercanos, sabían que a este año 2008 le había pedido dos deseos, un dorado grande y un palometón de más de diez kilos. Objetivos cumplidos y a pensar en el próximo.
Gracias Juan por tu inestimable ayuda y por ser el único testigo de esta hazaña, Gracias Lucía porque ya viniste con un dentón bajo el brazo en Octubre de 2004, qué ilusión aquel día, y porque desde que te tengo, no has parado de darme suerte, Gracias también a la futura hija de Juan, Carlota que a poco más de un mes de su nacimiento nos ha traído esta joya, Gracias Neus por escucharme tantas veces y como no, Gracias mar.
Costa d’en Blanes, a 28 de Julio de 2008
José Antonio Villalobos Mauri
Dos fotos del palometón de 11,200 Kg y 115 cm. En la primera se puede ver junto a la cañita que le opuso resistencia y en la segunda, dentro del cubo. Lo de dentro es un decir.



Vencedor y vencido

Juan Parra posando con nuestro palometón tras la proeza
4 Comentarios
[...] Original post by Edu [...]
La captura del dorado me toco vivirla a bordo del Escakeo y pude disfrutar de tu estallido de alegria cuando lo tubiste a bordo. Leyendo tu relato de la captura del palometon, que refleja el esfuerzo y la tension vivida fielmente, me imagino el apoteosico final y lamento el no haber estado alli para hacerte unas fotos o por que no un pequeño video.
ENHORABUENA POR TAN BONITO AÑO DE CAPTURAS
El 07 de Agosto de 2008 a las 11:18 - Link -
Estimado Andrés:
Ojalá hubieras estado pues el video que hubieras grabado conmigo en el agua agarrando al palometón por la cola sería la única manera de ver por donde me tiré y como fui a por él. Fue todo tan rápido, décimas de segundo, que no sé ni si salí volando, porque no recuerdo ni por qué lado me lancé ni cómo salvé la barandilla de proa.
Ahí queda la anécdota.
Una abrazo
El 18 de Noviembre de 2008 a las 14:37 - Link -
javi, aunque ya sabes que lo mio es la caza , me emocionó la proeza, como tu bien la llamas.
Espero que sigas consiguiendo tan buenos “trofeos”, y que los de caza sean aún mejores.
para el verano,D.M. te veré en estos lances.
Un abrazo.
Dejar un comentario
Usuario
Rss
Nube de categorias
Entradas por mes
Chat
No hay nadie en el chat.
Entra!
El 29 de Julio de 2008 a las 15:47 - Link -